
Smriti es la palabra sánscrita que refiere a recordar. Ha sido traducida como “’recuerdo”, “memoria”, “lo que vale la pena ser recordado”; pero su traducción literal se acerca más a la noción de “coloración”, o “tintura”, y refiere a la memoria como una “mancha” o “ensombrecimiento” de la consciencia total y pura que es el Ser, según el yoga.
Así, la búsqueda de la práctica reside en poder “limpiar” la consciencia de todos los condicionamientos anteriores, por ello, la vía a la liberación que marca el yoga puede ser interpretada como la intención espiritual de abolir los automatismos y las prenociones con las que vivimos. De “vaciar” la memoria almacenada por nuestra experiencia pasada, para poder experimentar la infinitud y plenitud de la existencia real, la cual está fuera de cualquier circunstancia temporal.
En mi practica he descubierto el olvido como mecanismo de evitación del dolor. A través de lo que mi percepción, incapaz de tolerar la incomodidad de alguna realidad que me atraviesa, decide adormecer de sí a mi consciencia despierta. Y me olvido de cómo activar mis piernas, o me cuesta trabajo conectar con la sensación del abdomen activo. O, de pronto, siento la fuerza de los músculos de mi espalda con una nitidez impresionante, como si más que una sensación se dibujara como una imagen, desplegándose como la novedad de un trazo sobre un lienzo en blanco en mí que aparece mientras yo misma lo elaboro. Es propio y ajeno a la vez.
El sexto capítulo de la Gita tiene un pasaje hermoso que plantea la gran promesa del yoga. Dice así: “cuando el yoga apacigua la mente y cesa la fantasía, cuando uno es capaz de verse a sí mismo desde afuera, entonces se puede experimentar un bienestar real y profundo que trasciende cualquier tipo de experiencia sensible.” Y ¿qué significa verse a uno mismo “desde afuera”, según el yoga?
Según los Sutras, la posibilidad de calmar la mente hasta fijarse en la eternidad sin objeto, ni sensación, ni dualidad de la consciencia verdadera. Es la culminación del proceso de observarse profundamente, para discernir lo impermanente de la experiencia sensible, de la permanencia de la libertad espiritual. Pero los pensamientos de esa mente incesante y naturalmente inquieta, que se fija constantemente en los objetos externos y obedece al deseo de posesión o a la repulsión del dolor, son de cinco tipos, es decir, que según los sutras existen cinco tipos de “fluctuaciones” mentales. Siendo una de ellas, la memoria.
Y es fascinante y profundamente revelador que, a lo largo de mi práctica, la sensación de mi cuerpo se renueva día a día. Y cada vez que avanza la vida y con ello mi experiencia en el tapete, puedo sentir cada parte de mis huesos y mis músculos como una sección separada cada vez más fina, más desglosada, más imposible de asir en palabras; y a la vez, cómo se engrana en la totalidad de manera más integrada y contenida. Las piernas, glúteos y pies están cada vez más presentes en el kapyasana, junto con la sensación de la espalda, los hombros, el pecho; y los dedos de mis pies se diseccionan con nitidez en cada flexión hacia adelante y a la vez se vuelven la culminación de la totalidad de todo mi esqueleto, mirado desde la perspectiva del patchimottanasana.

Y también hay periodos, días, momentos y circunstancias que por alguna razón me hacen olvidar de nuevo, cosas que he hecho por años, o que tengo que repetirme insistentemente. Pues he visto cómo cada evento emotivo me impacta en el cuerpo. Como cuando el dolor de una pérdida importante me desgarró y perdí la potencia de mis piernas. Evento que ha devenido en un proceso interno hacia re aprender a vivirlas plenamente, a sentirlas de nuevo. O durante procesos donde me siento impotente y me cuesta conectar con la fuerza de mi abdomen. O la plenitud de abrir el pecho y respirar profundo, sintiendo la expansión interna y externa cuando me he sentido plena, completa y presente. Y la firmeza que uno encuentra en fortalecer al cuerpo con disciplina.
Así que hay una discusión en el estudio sobre el yoga sobre el origen del asana como lo conocemos, y muchas vertientes que hablan de la inexistencia de la práctica física hasta hace relativamente poco. Sin embargo, mi experiencia y estudio insisten en que hay un nexo que yo encuentro, probablemente simbólico más que otra cosa, en la descripción que se hace en los textos sobre los componentes de la materia. Como los hilos que trazan la realidad que el Yo verdadero experimenta, a través de las manifestaciones concretas y sensibles de la vida, y que confundimos con identidad. Me explico.
Y es que, en el tapete, con el tiempo, la sutileza de la percepción del cuerpo se hace presente en tanto que puedes sentirlo diseccionado en “hilos”, quizás como las cadenas musculares, quizás como el conjunto de terminaciones nerviosas, quizás como la disección de la sensación de las articulaciones, como si fueran engranajes de una máquina de poder que puede ser, por momentos, completamente tuya. Lo que a mí me pasa en el Asana es que siento que puedo palpar las diferencias entre tres tipos de sensaciones en el cuerpo: la actividad que pulsa y se hace viva en el dolor, la pasión, el movimiento, la acción, cuando se activa algo en ti; la relajación o suavidad de sentir plenamente el cuerpo expandirse en ecuanimidad, en presencia calma y el adormecimiento de partes de mí que no puedo integrar, que no siento, que de alguna manera olvido. Y la práctica en el tapete siempre ha sido una rememoración y un descubrimiento. Un territorio nuevo que se alcanza y un horizonte que se vislumbra. Una luz clara con un camino trazado y un total desconcierto.
Los maestros de muchas tradiciones han narrado esta búsqueda como un camino hacia el silencio. Particularmente se incita a que se desprenda uno de los nombres para describir el mundo, no identificando el nombre con la cosa; y entrar profundo en el cuerpo, en la respiración, ha sido para mí un viaje directo a ese “desprendimiento”. Se vuelve tan propio y tan un misterio que nos quiebra la cabeza y nos coloca en el espacio de la comprensión.
Nos vemos en el sala para practicar
Ram Ram
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