Sobre la (no) identidad y la búsqueda de raíz

por | Mar 6, 2026

La semana pasada recordé una clase de yoga que tomé con un colega muy al principio de mi carrera como maestra. Skandar y yo nos formamos en la misma escuela, aunque en distintas generaciones. Él se hizo maestro un año antes que yo y, como en la comunidad todxs éramos alumnxs de todxs, algún sábado por la mañana fui a su clase. Esa fue quizás de las únicas dos o tres que tomé con él y, paradójicamente, había olvidado por completo aquel día, aunque me dejó algo que hasta hoy sigo diciendo a diario y que tomé de él.

Recuerdo la leve sonrisa que se dibujó en mis labios cada que, al marcar ardha uttanasana, la postura donde miras al frente de pie en el saludo al sol, Skandar decía: “mira al horizonte”. El horizonte es una línea imaginaria que se aleja conforme te acercas a ella. Como la propia noción de identidad.

En todas las clases que he dado desde entonces, esa frase se coló en mi vocabulario como se calzan unos zapatos que se acomodan perfectamente a los pies. Nunca más pude deshacerme de ella. Se volvió tan mía que probablemente haya impactado igual en alguno de mis alumnxs; lo que a mí me la imprimió en la mente fue su poesía. En lugar de referirse en el asana al esfuerzo o no esfuerzo físico, el famoso “cue” de Skandar aludía a la mirada dirigida con todo el cuerpo hacia el frente. Es la fuerza de su metáfora la que aplica para varias instrucciones en las posturas y, hoy día, doce años después, sigue resonando en mí y, como dije antes, la sigo diciendo a diario.

Tras recordar esto la semana pasada, hice el breve ejercicio de revisar otras tantas formas en que eso mismo ha sucedido en mi vida. Recordé que, de mis clases de cálculo en la prepa —las cuales sufrí y odié por igual—, lo que jamás se borró de mi memoria, a diferencia de todo lo demás, fue la “f” que trazaba mi profesor Aurelio en el pizarrón para ilustrar las llamadas funciones que nunca entendí del todo. Me importaba muy poco el pensamiento matemático que trataba de enseñarme, pero hasta hoy —incluso en mis piezas de poesía visual— se tejió algo de su hermosa caligrafía en lo más íntimo de mis manos, por repetida imitación. Fue trascendente para mi vida el trazo de una letra bellísima que me cautivó, y que le aprendí a un profesor a quien desprecié por todo lo demás. Pensé después en una ensalada que preparo demasiado a menudo: la comí en casa de una tía hace años, una sola vez, y su impacto fue tal —por su sencillez y accesibilidad— que sigo haciéndola.

Es interminable la lista de todo lo mío que me compone pero que vino de otrxs. El encuentro es una manera de espejear un aspecto propio que, sin ese reflejo externo, quizá nunca podríamos integrar. Así entiendo la vida misma como un camino espiritual y, sobre todo, así interpreto la noción de Isvara, el Dios que aparece en los Yoga Sutras.

Isvara es la consciencia que puede observar la identificación con un Yo ilusorio a través de las tendencias en nuestra forma de actuar.

Buscar una raíz quizá sea un impulso comprensible. Pero cada vez que cavamos, encontramos otra historia anterior, otro rostro, otra voz. La cualidad principal de Isvara, que aparece en otros textos y ramas de la filosofía, es que es una entidad que puede y a la vez no, ser establecida a través de la inferencia racional. Entonces me pregunto: ¿qué de mí está hablando en todos los gestos que me habitan y que ya no sé distinguir?

Por su parte, la Bhagavad Gita relata el conflicto de que hay seres que nos habitan, que ocupan un lugar en nuestra existencia y nos dan identidad. Teje la enseñanza de que la vida del individuo no está verdaderamente separada: somos parte de un todo, en la medida en que nada de nosotrxs es completamente original.

Es como encontrar en alguien más las palabras exactas para algo que nunca pudimos expresar. Como me pasó con Dani, una de las primeras alumnas del shala, antes de que tuviéramos nombre o logo, y que, después de ser mi alumna por un tiempo, comenzó a dar clases y se volvió maestra aquí mismo. En una clase que tomé con ella, al dictar una postura de pie dijo: “pon los pies en dos carriles paralelos”, y mi alma sonrió ante la precisión con que, con pocas palabras, podía guiar tan perfectamente la intención de parsvottanasana. Desde entonces adopté esa frase para siempre.

El yoga utiliza en muchas de sus versiones una imagen recurrente en su iconografía: la idea que aparece en los Puranas, donde el dios Brahma tiene cuatro cabezas que se extienden en todas direcciones; la multiplicidad de los rostros de Visnu; los varios brazos de Durga, cada uno portando un arma distinta. El Yo individual es una ilusión, provocada en parte por la memoria e incentivada por el olvido. Como el que me hizo olvidar que aprendí de Skandar una de las instrucciones orales favoritas de mi oficio.

Lo mismo ha pasado con el proyecto en toda su extensión. El logo del shala es producto de un dibujo trazado con mis manos y del trabajo de Jess —fundadora de Oyameles, el lugar donde hice mi primer retiro, antes incluso de ser Ram Ram—, quien ideó la tipografía que inscribe el nombre debajo del rostro de Hanuman trazado con lo mínimo indispensable. Más adelante, Andrea cambió los colores e ideó toda una estética gráfica fundamentada en el diálogo entre mis esquemas y su expertise. En la estructura de la contabilidad se esconde Mark, quien construyó el Excel que registra la asistencia y los números: arquitectura computada del interior más fundamental del shala como negocio. Y qué decir de Jerry, quien construyó la estructura interna de la página web, así como toda la lógica de comunicación con el cliente y el marketing del proyecto, en diálogo conmigo.

Ram Ram es todxs ellxs, como un conjunto inseparable de raíces de un árbol que se extiende imponente en esta ciudad. Querer trazar los pasos hacia atrás y borrar a alguno de ellxs del camino sería como desprender un brote de la rama de la que nace. Lo mismo ocurre con la vida: las células que componen nuestro cuerpo, el gesto que imitamos de nuestros padres al crecer, la voz del maestro dictando la serie en nuestra propia cabeza. Incluso el agua del té que tomamos esta mañana fue o será un río que desemboca en el mar.

En ese sentido, ¿cómo es posible rastrear una verdadera raíz, si siempre hay algo anterior que nos trajo aquí, algo que hasta cierto punto desconocemos? En el Purusha Sukta, el himno sobre la creación del universo escrito en el Rig Veda (aproximadamente mil años a. C.), se habla de un estadio anterior a la creación, donde todo era un océano indiferenciado y el primer acto fue que alguien dijo: “soy yo”.

La creación es, según la extensa ramificación de filosofías que sustentan al yoga, un oleaje temporal de manifestaciones con origen y final. El Manvantara, descrito en los Puranas como el origen del universo a través del poder de Visnu que emanó del ombligo de Brahma, es como el brote de algo nuevo que origina un mundo completo. El Pralaya, en cambio, es el momento en que ese mundo se disuelve nuevamente en un océano indiferenciado.

Hay un texto, probablemente escrito entre los siglos VIII y XII d. C. y que, más allá del dualismo de Patanjali, habla de la liberación como integración del universo mismo con el Absoluto y define el yoga en dos tipos:

“El yoga es conocido, en verdad, como de dos clases.
El primero es considerado el yoga del no-ser.
El segundo, sin embargo, es el gran Yoga, el Mahāyoga, el mejor de todos los yogas.
Aquel en el que la propia forma es meditada como vacía y carente de toda apariencia ilusoria es llamado el yoga del no-ser, por medio del cual se contempla el Ser. Y aquello en lo que uno percibe al Ser como siempre bienaventurado y puro es la unidad conmigo; eso es llamado el gran yoga del Señor Supremo.” Isvara Gita, II.I.10

Me pregunto a menudo, en el gesto que imprimieron todxs ellxs para ser lo que somos y en cómo habitan mi alma y las paredes del shala, aun cuando no están, qué de ellxs soy hoy día. Y me intriga pensar, a un nivel existencial, qué de mí soy yo cuando digo que miren al horizonte.

Aprender y desaprender quiénes somos es el ejercicio espiritual por excelencia. La idea es siempre que volvemos a nacer.

Nos vemos en el shala para practicar.

Ram Ram


Imágenes:

El yoga es como subir a la cima

El yoga es como subir a la cima

Un reconocido filósofo contemporáneo plantea que el intento de crear una realidad distinta a la que vivimos es equivalente a subir una montaña. Narra que cuando un...

leer más
El tiempo en el shala

El tiempo en el shala

De lo mejor del Shala son las conversaciones después de clase. Tienen la magia de ser breves, como el encuentro cotidiano con el chico que te sirve el café en la...

leer más
Sobre la memoria

Sobre la memoria

Smriti es la palabra sánscrita que refiere a recordar. Ha sido traducida como “’recuerdo”, “memoria”, “lo que vale la pena ser recordado”; pero su traducción literal se...

leer más

Newsletter

Suscríbete a nuestro newsletter para recibir noticias y columnas sobre filosofía y yoga.