
Un reconocido filósofo contemporáneo plantea que el intento de crear una realidad distinta a la que vivimos es equivalente a subir una montaña. Narra que cuando un grupo de alpinistas no llega a la cima dadas las circunstancias, para poder seguir primero tienen que bajar por completo hasta el pie de la montaña y así intentarlo renovadamente en otro momento. Yo pienso que el yoga es así: una labor que se comienza cada día.
Creo que, para los practicantes constantes, la práctica es un trabajo y una incertidumbre cotidiana que depende completamente de las condiciones climáticas (emocionales, físicas, mentales) del día. Es única e irrepetible cada vez que se hace, pero tiene un dejo de continuidad que es el gran misterio de la propia filosofía —o conjunto de filosofías— que la sustentan.
¿Hay o no hay una identidad permanente en nuestra experiencia humana? ¿Existe alguna forma de dios que rige lo que no muere de nosotros aunque todo el tiempo estemos cambiando? ¿Cuál es el principio de las cosas?, ¿cuál es el final? No se sabe, pero el yoga, para mí, ha alumbrado algunas de estas preguntas, aunque también las ha dejado absolutamente abiertas, irrespondibles.
Según el consenso académico, el origen del yoga postural como lo conocemos está situado entre los siglos III y XIV de nuestra era y se encuentra principalmente entre las prácticas del tantrismo. Se plantea, junto con ello, que la consideración del cuerpo como vehículo hacia la iluminación nos ha llevado, en un proceso histórico interesantísimo, a vivir el yoga como una disciplina física inserta en el deporte y el llamado “bienestar”. Sin embargo, hay un excedente que escapa a la veta comercial del yoga y que, me atrevo a decir, la va a rebasar por mucho cuando todo el constructo del wellness cambie por completo.
Todo por algo que me señaló un marino, miembro del ejército estadounidense, que alguna vez vino a mi clase:
“El yoga es bueno hacerlo aunque sea uno que no sea serio, que no sea tradicional, incluso si es un poco malo”.
Cabe destacar que este miembro de la milicia no era entonces un practicante de yoga, sino que le gustaba de vez en cuando ir a alguna clase porque se sentía “mejor” después de hacerlo.
En lo personal, llevo dieciséis años practicando yoga casi todos los días, aunque sea poquito, aunque sea incompleto, y pienso que lo que más me ha dado es la posibilidad de observarme en todas las etapas de estos años y sentir las microdiferencias en mi existencia, junto con las consistencias de, aunque sea solo eso, nombrarme un Yo que las experimenta.
Pero cada vez que hago mi práctica, los saludos al sol son los primeros pasos cuesta arriba de un terreno que, si bien puedo deducir por comparación, es completamente nuevo. Pienso que esa disposición curiosa por lo que se descubre en el tapete es la diferencia entre un principiante y un veterano.
El principiante quiere saber las regularidades de la práctica, quiere aprender la memoria de las sensaciones, quiere obtener la certeza de lo que puede esperar, y vive en el margen de un resultado que va constatando con las horas en el tapete. Un resultado que, cuando la vida transcurre, se ve destruido hasta la nada, en la necesidad de que cualquier cambio mayor en nosotros vuelva la práctica tan cuesta arriba que es imposible no perder el ánimo. El yoga es, sobre todo, un maestro de la resiliencia.
Yo hoy día estoy en un momento particular en mi práctica. Me siento al pie de una hazaña nueva y vieja a la vez. En los tres primeros años de construcción del shala atravesé por un proceso de transformación interna tan profundo que tuve la necesidad de suspender la práctica intensa que había hecho por más de una década. Comencé a hacer otras actividades físicas y cada vez que vuelvo al tapete siento a la vez la familiaridad y la extrañeza de volver a una casa que fue mía durante años pero en la que ya no vivo más, o de dormir en una cama y una habitación nuevas sintiéndome la misma de siempre.
Pero ¿qué es siempre? Según mi memoria, apenas el recuerdo de haber sido una entidad formada y unívoca. El misterio del yoga y de la vida misma es si esta entidad es, o alguna vez ha sido, realmente uniforme.
La sensación de desplegar el tapete el último año es nueva. Muy nueva. Y en el control de mi cuerpo se reconoce la insistencia de dieciséis años de sentir mi cuerpo y mi respiración con total conciencia durante al menos unos minutos al día.
Es extraño, pero donde yo reconozco frente a frente mi ambición es en el proceso de querer ir más hondo en el asana, cada vez, sin excepción, durante todos estos años de mi vida. Pero, precisamente como en el acto de escalar, llegar a la cima no está simplemente en el control de mi intención consciente en sí misma, sino en la combinación de eso con los llamados componentes de la materia: las fluctuaciones del ánimo y la porosidad de la materia de mi cuerpo en un instante específico e irrepetible.
Pero la tentativa de alinear más el eje de mis huesos, de activar mis músculos de manera precisa, de relajar el esfuerzo de la respiración… eso no puedo evitarlo. Mi práctica consciente me ha llevado a un lugar que suelo confundir con “más arriba”, porque es en realidad “más adentro”.
La capacidad de autoobservar cada centímetro de mí es parecida a la vista panorámica desde un lugar muy alto. Es interesante, porque no se siente como subir sino como sumergirse. Y la destreza que se adquiere con los años es parecida al sendero que trazan los pasos de miles por un bosque que sigue siendo salvaje.
Hay veces que mi tope es el cansancio; otras, el dolor del alma que se expresa en el cuerpo. Algunas sólo la pereza de hacer el esfuerzo, o el conformismo de sentarme en algún claro conocido a lo largo del camino a contemplar. Pero el alivio de la práctica sigue intacto, y un conjunto de pesos invisibles se desprenden de mí cuando termino. Quisiera invitar a todos a la hazaña de dedicar tu vida a llegar a una cima interior cuya vista es alucinante. No es fácil, ni comenzar, ni seguir, ni no olvidarse de por qué se hace. Distrae tanto el camino con tantas cosas que te pierdes incontables veces.
Aún así, cada día, sin excepción, a la mirada del tapete bajo mis pies antes de comenzar la acompaña el suspiro de una ladera inmensa, cuyo final no alcanzo a distinguir, a la que me entrego con fe. Aunque a veces lo doy todo de mí y alcanzo a mirar el panorama de algo amplísimo que no sé expresar con palabras, y otras solo aviento piedritas por aquí y por allá, dando algún paseo corto por las faldas de un cerro gigantesco al que llevo peregrinando década y media, pero que no termino completamente de conocer.
Es fascinante.
Nunca me aburro.
Ram Ram
Imagen:
- Adaptado de Hanuman, Punjab Plain, Finales S.XIX. V&A, (https://collections.vam.ac.uk/item/O404685/hanuman-drawing-unknown/)



